Carta al Coordinador del Foro Social Permanente

Deslegitimar la violencia padecida no es mera retórica; es una necesidad perentoria para fortalecer social y políticamente la convivencia de una sociedad agredida, con víctimas concretas a las que nos debemos. Porque ellas fueron quienes recibieron una agresión cuyos destinatarios últimos éramos todas y todos.

Bilbao, 30 de noviembre de 2020

Estimado Hernan jauna

Lo primero que he de hacer es pedirle disculpas; en la universidad, como en otros muchos centros de trabajo, con esto de la pandemia, andamos más atareados que nunca, y las clases semi, presen y remotas son un añadido al trabajo habitual que nadie esperaba y que todos deseamos que concluya. Esto de adaptarnos a una nueva realidad cambiante lleva tiempo y no me ha dejado dedicarle a su amable carta el sosiego y el espacio necesario la semana pasada. Pero me he puesto con ello. Le voy respondiendo.

Creo que usted conoce parte de mi trayectoria y postura ante la violencia y sus consecuencias en nuestra tierra. Desde hace ya unos años, comparto el proyecto llamado “Gogoan, por una memoria digna”, con una variedad de gente y mentes lúcidas y, a mi modo de ver, privilegiadas. Montamos esta iniciativa porque veíamos que podíamos aportar algo a esta fase post violencia y echábamos en falta algunos puntos de vista que le detallo a continuación. Le expongo resumidamente, pues, nuestras líneas fundamentales de trabajo para que me y nos sitúe (están recogidas formalmente en nuestro blog de trabajo, https://gogoan.org/).

  • Deslegitimar la violencia.

ETA mató sobre todo en democracia (el 94% de sus víctimas las produjo una vez muerto el dictador), por lo tanto, no se ajusta a la realidad que la suya fuese una violencia de respuesta ante la dictadura. Tampoco vamos a hacernos trampa: ETA nació en un contexto concreto como la dictadura, pero de ninguna manera justifica su trayectoria.

La existencia de ETA y la responsabilidad de sus actuaciones competen a sus miembros, quienes libremente decidieron optar por el uso de la violencia. La izquierda abertzale apoyó esa estrategia violenta y colaboró con ella impregnándola de legitimidad y discurso político.

La violencia de ETA, especialmente desde el advenimiento de la democracia, generó un embrutecimiento entre quienes defendieron y animaron la actividad etarra, creando tanto escuela como discípulos de la violencia y del odio: legitimación y naturalización del asesinato.

Así pues, es imprescindible realizar un profundo trabajo de desescombro; para ello entendemos que en la sociedad vasca se necesita la “contracultura” de la deslegitimación de la violencia. Dos vertientes fundamentales:

Por una parte, esta deslegitimación debe reafirmar de manera definitiva que la violencia ejercida fue, además de un error, injusta. Sus víctimas no eran merecedoras de semejante agravio. No existía ninguna justificación para ello.

Por otra parte, y no menos importante, es ineludible contrarrestar los dañinos efectos que esa cultura de violencia ha generado en un importante sector de la sociedad. Esta parte de la sociedad que, en muchos lugares, ha justificado y empleado la amenaza de la violencia y una crueldad insufrible contra sus propios vecinos, debe realizar el tránsito hacia el funcionamiento democrático y asumir las actitudes y los valores de respeto y tolerancia que son propios de esa forma de organizarnos. Eso implica no idealizar a quienes ejercieron ese dolor.

Por esa razón resultan inaceptables los recibimientos públicos a los miembros de ETA. Estos actos públicos no solo humillan a las víctimas; sino que para todos nosotros y nosotras significan un reconocimiento a unas personas por su actividad terrorista.

Fundamental para la convivencia que desaparezcan este tipo de actos públicos y, por parte de los presos de ETA, que realicen una autocrítica sin peros, no condicionada, sincera; se trata de que busquen el camino de su reconciliación para con la sociedad vasca. A menudo, se habla de la reconciliación de la sociedad vasca entre sí; una vez más, algunos quieren mezclar responsabilidades. Sin embargo, creemos que han de ser quienes rompieron la convivencia y el más elemental respeto a la vida los que se deban arrimar a la convivencia.

Partiendo de que toda práctica terrorista es absolutamente ilegítima y condenable, consideramos que existe una diferencia nítida entre el terrorismo de ETA y el terrorismo de otros grupos como el GAL, el BVE, la Triple A, etc. Hacia estos últimos, no hubo un apoyo público significativo a sus criminales actuaciones. Más bien, lo contrario. La inmensa mayoría de sus asesinatos tuvieron una respuesta de condena en la calle. Lo mismo ocurrió con los excesos que cometieron las fuerzas de seguridad en los años de la Transición.

Hecha esta apreciación, queremos señalar que otra forma de deslegitimar la violencia es persiguiéndola, investigando los crímenes, y condenando a los culpables. Por desgracia, hay unas carencias muy llamativas en lo que se refiere a los casos de esta violencia ejercida por otros grupos terroristas y en las actuaciones ilegítimas y desproporcionadas de las fuerzas de seguridad. Paradójicamente, muchas de sus víctimas no tuvieron nada que ver con el terrorismo de ETA. En este sentido, consideramos que es necesario que haya un cambio de actitud y que, desde el Estado, se cumpla con las obligaciones y se aplique la justicia obligatoria y, sobre todo, la justicia que necesitan las víctimas.

  • Reivindicar una memoria digna.

Pudimos comprobar que el final de ETA ha significado el final de la violencia asesina y de la amenaza, bien; pero ahora queda elaborar una memoria digna. Y con “memoria digna” nos referimos a que se conozca el máximo de verdad posible de lo ocurrido como un derecho que asiste a las víctimas y a toda la sociedad. Como dice Reyes Mate “la memoria es la lectura moral del pasado guiada por la búsqueda de la verdad y la justicia”. Pero no se trata solo de conocer datos y agolparlos en volúmenes de libros y listados interminables, sino que es imprescindible hacer una lectura crítica de lo ocurrido porque corremos el riesgo de no aprender de nuestros errores y continuar arrastrándolos.

Creemos que es elemental despojar a la violencia de cualquier lectura épica, como si de hechos heroicos y generosos se tratara. Y tampoco caben justificaciones o excusas para revestirla de argumentación, como cuando se invoca la preexistencia de un conflicto de carácter político; porque, si es político, ¿cómo se entiende que haya más de mil muertos, miles de heridos y casi un centenar de secuestros? Si hablamos de hacer política, es decir, del arte de avanzar con la palabra, el acuerdo y la persuasión razonada, no podemos recurrir a la violencia. Porque utilizar la imposición violenta es pasar del campo de la palabra y la argumentación al campo de batalla de las armas, del miedo y del abuso militar. Ahí no hay política, hay se impone la dictadura bélica, de palo y tentetieso, en definitiva, la victoria del miedo.

Hay que marcar nítidamente un antes y un después. Y a ese después, solo hay que llevar la dignidad de las víctimas, la firme convicción de que la violencia solo aporta dolor y marginación social, y que la propia violencia utilizada, sin una posterior deslegitimación y reflexión del error cometido, neutraliza la construcción de una sociedad pacificada.

En esta reivindicación de una memoria digna es imprescindible identificar y distinguir claramente las responsabilidades. De la misma manera que es imprescindible definir quién es y quién no es una víctima. Esta violencia, fundamentalmente la de ETA, ha generado mucho sufrimiento, pero siempre debemos diferenciar nítidamente la figura de la víctima porque pone en evidencia la injusticia de todo lo ocurrido. Las víctimas son las trágicas destinatarias de la más grave vulneración de los Derechos Humanos, el asesinato. Tratar de equiparar sufrimientos secundarios con el asesinato de un ser humano denota una perversión moral inasumible. En la historia reciente de nuestro país, con cierta frecuencia, algunos agentes sociales han pretendido mezclar sufrimientos muy diferentes con el objeto de equiparar injusticias y poner el fiel de la balanza en el medio, como si con ello se pudiera neutralizar el dolor provocado por el asesinato, signo de identidad de la acción de ETA durante más de 40 años y 850 personas eliminadas. Todo ello no resta un ápice la gravedad de las otras violencias. Unas y otras no se compensan ya que una injusticia jamás puede responderse con otra.

Además, tenemos una serie de referencias que, por su trayectoria, nos parecen no solo útiles sino también modélicas en cuanto a carentes de intereses partidistas o de alguna tendencia ideológica definida. Son las siguientes:

  • El mensaje nítido del colectivo Eraikiz sobre el ejercicio de la necesaria implementación de la memoria, así como la deslegitimación del uso de la violencia con fines políticos; hay que sumar la autocrítica y respeto de la pluralidad como eje vertebrador de una sociedad que es mucho más exigente en estas coordenadas que en las de poner fronteras; hablan de un acercamiento no mediático ni bullanguero hacia las víctimas. Todo ello con la finalidad de no repetir errores del pasado y poner en manos de las nuevas generaciones una sociedad pacificada y conviviente.

  • El mensaje que se extrae de quienes han optado por la Vía Nanclares: hay un ejercicio de interiorización del error cometido y una petición de perdón a las víctimas, independientemente de que estas lo acepten, concedan, consideren…

  • Los encuentros discretos pero muy fructíferos entre víctimas de distintas violencias, que han valido para el mutuo reconocimiento y para llegar a la conclusión inesperada de que la violencia injusta solo crea daño sin apellidos. Daño y punto. Llegaron a la conclusión de que solo hay un bando, el de la agresión; todas ellas se reconocieron como víctimas y se comprendieron mutuamente.

  • Por último, el ejemplo de lucha pacífica y de resistencia desplegado por la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria, que, en su trayectoria de más de 27 años, nos mostró la diferencia entre un conflicto como el vasco, de carácter político identitario, y el uso de la violencia -convertida en terrorismo- utilizada para obtener réditos políticos. Una asociación pacifista que dialogó y puso en conocimiento de la sociedad los testimonios de las víctimas de la violencia cuando todavía ETA asesinaba. Una asociación pacifista que se movilizó en contra de TODAS las muertes provocadas en el marco de un conflicto político y que jamás pudieron justificarse. Una asociación pacifista que hizo de la deslegitimación de la violencia su eje vertebrador de la sociedad en torno a esa idea común: nada justifica una muerte. Una asociación pacifista que sacó a la luz la violencia de persecución que sufrían miles de ciudadanos vascos; esa violencia difusa, pero muy dolorosa y silenciada que llevaban con discreción profesores, políticos, policías, magistratura, intelectuales, militares. Una asociación pacifista que reivindicó los derechos de los presos y detenidos… En fin, una asociación netamente pacifista, pre partidista, sin intereses en el umbral de la política, más allá de pedir a la sociedad que se manifestara con rotundidad en contra de la muerte, la extorsión, la amenaza y la imposición, en definitiva, ante la injusticia vivida en nuestra tierra.

Todo lo mencionado hasta ahora es el ámbito de pensamiento y actuación en el que nos hemos movido muchas personas en Euskal Herria. No son principios inamovibles, pero sí son principios recios, que abarcan todos los derechos humanos relacionados con la libertad y la vida, lo que no significa que el resto de derechos, como ustedes señalan (derechos políticos), no los contemplemos, claro que sí. Lo que sucede es que aquí hemos vivido una situación de recorte del derecho a la vida, a la libertad de palabra y a la libre circulación. Es por ello que mi posicionamiento partidista no debe entrar en este ámbito de actuación, ya que la defensa de los derechos básicos es anterior.

Yo conozco sus puntos de vista y su forma de actuar ante lo que aquí ha acontecido, Sr. Hernán. Le escuché en una charla en Vitoria.